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Poemas

Diciembre

 

Anidan junto al río

la castañera

el pañuelo negro

una bolsa herida de plástico

flores falsas

el vaho tus labios locomotoras

de tren

bombillas desnudas

en un árbol.

 

La noche.

El agua sin pájaros.

 

 

Carmelá Sur

 

Pasadas las cinco de la tarde

Carmela riega los geranios de la voz

en la radio, Canal Sur, Radio Sur, o subsur

algo así

el suelo trenzado por el agua, tanta agua

de poemas cristalinos

y el azúcar pegado aún en sus botas

en la suela de sus botas

en el borde negro de sus botas pasadas las cinco de la tarde

en la radio

en el sur

y arriba, colores distintos de mapas rayados

Quiñones y yo seguimos juntos con risa o silencio

de verdad

escondidos entre jóvenes, conexiones wifi

latas pintadas

corazones de refresco

mucho más arriba, digo, en otros mapas

mientras Carmela habla

desviste o compra nubes

adivina moviendo las manos blancas

que yo

y Quiñones y su libro

abierto otra vez página cien, Bogotá Sur,

tensados el aire y la humedad

los goznes del cuello reventados

de girar

y girar tanto.

 

Otra tierra

 

En medio, un desierto en el que vigilar tornados.

Girar la llave o la herradura

antes de que las cuerdas se tensen.

Arrancar.

En medio, el desierto.

Mirar el aire: medir su peso.

Cuando todo empiece volarán

en círculos

tejados y restos de ovejas

neumáticos muertos

la madera hinchada de los muebles.

Hasta eso

concentrar los ojos como el anciano de mar

que buscaba en el horizonte un indicio

de ballenas.

Apretarlos tanto.

Atravesar en busca.

Hasta eso

sólo

un desierto.

 

 


 

Círculos

 

Extendió

pequeños papeles blancos

por la mesa

con palabras escritas

a la deriva

como si el mar

o su roce gris en la madera.

 

Los papeles eran blancos

y pequeños

y las palabras observaban.

 

La lluvia oxidó pronto

el invierno y la superficie

de los muebles.

 

Un pájaro más lento

deslizándose

en círculos

con los ojos grises y palabras

pequeñas colgándole del pico.

 

 

India

 

Ese territorio de agua

la voz de tigres suaves

los delicados dibujos que nacen

en algunas mujeres

de la India, en sus labios

al pronunciar palabras

como palermo

kipling

buenos aires.

 

 

Venganzas

 

La envidia es escribir un libro

haber japonesamente escrito un libro

que permita a sus manos pintar en él

garabatos

suaves

letras

suaves

deslizarse del lápiz como si el mar

o los dedos tan blancos: esa envidia.

 

Tocar, para vengarse, el hombro

apenas protegido

la lana azul y gris alimentándose de piel

sobre los hombros, tocarlos, digo

un simple roce

dejar que nazcan dos palabras o escuchar

el principio de su voz

mirar las manos que bailaron

por las páginas del libro

y sonreír: esa venganza.

 

 

Antes fue hierro

 

Qué hay de heroico

en aproximar al óxido los labios.

 

Con qué cuerpo

golpeas el principio de la sangre.

 

Qué luz después, qué sexo

queda y cuántas manos.

 

Besar el óxido y preguntar

qué oxido permanece.

 

Qué enseñanza.

 

La luz y la ventana: su sentido.