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Lecturas, 1 ESO: Abdel, Enrique Páez

A Abdel y a su padre les han tendido una trampa. Al averiguar que el chico sospecha de los paquetes que debe entregar pacientemente y sin hacer ningún tipo de pregunta, los traficantes deciden sacudirse el problema de un plumazo. Esa carnaza no debe interponerse en su camino. Ellos saben que si les largan el muerto a ellos, el asunto quedará zanjado: sólo son dos inmigrantes que han llegado a España en una barca como tantos otros. La policía logra atrapar al padre y lo acusan, pero el chico huye… y se esconde en el cementerio. Es allí, en un frío mausoleo donde los delincuentes han guardado la droga  y Abdel sabe que tendrán que volver para recogerla. El hambre, la desesperación, la tristeza y la ausencia de su padre se clavan en su sien, pero él no se rinde, pese al aparente desfallecimiento.

Por fin,  Alicia y Miguel aparecen en escena. ¿Cómo podrán ayudarle dos adolescentes atemorizados a las puertas del cementerio? ¿Creerán su historia? Lo que te pido es relativamente sencillo: debes ponerte en la piel del protagonista. Él está desesperado: sin alimentos, sin cobijo, sin padre… perseguido por la policía. Sólo tú puedes salvarlo, saca ese as de la manga que te has guardado con tanto mimo, inventa una continuación para la historia: échale un cable a Abdel.

 

DETENIDO TRAFICANTE DE DROGA

Gracias a una llamada anónima, miembros de la Brigada Antinarcóticos de la Policía Nacional detuvieron ayer en nuestra ciudad a un hombre de raza árabe acusado de tráfico de estupefacientes. En el momento de la detención, y tras un pequeño forcejeo con las fuerzas de seguridad, le fue incautado un paquete que contenía cinco kilos de cocaína. El traficante que dice llamarse Yasir Muhbahar, entró ilegalmente en España procedente de Marruecos y trabajaba con un socio menor de edad, que pudiera ser su propio hijo, el cual consiguió darse a la fuga. El detenido se encuentra en prisión preventiva y a la espera de juicio.

Esa noticia fue como un puñetazo para mis ojos. ¡Mi padre en la cárcel acusado de tráfico de drogas, era increíble! Así que ése era el juego que se traían Jorge Meléndez y Vicente Planas. Todos los paquetes que me daba El Chino y estuve transportando del puerto a la finca eran de cocaína, y yo no había caído en la cuenta hasta ese instante, en que ya era demasiado tarde.

Las piezas del rompecabezas empezaban a encajar. Meléndez y su ayudante debieron de saber que sospechábamos de ellos. Seguramente cometí algún error. Tal vez me vieron leyendo papeles, cuando les había dicho que no sabía leer. O descubrieron que los seguía por la noche. Quizá Omar notó mis ausencias nocturnas y se lo dijo a los jefes. Daba igual, el caso es que decidieron deshacerse de mí y de mi padre, y nos tendieron la trampa con el último envío de droga. Con ese truco, ellos se quedaban con las manos libres y sin testigos. ¿A quién iba a creer la policía: a un árabe ilegal que transporta cocaína o a un respetable y adinerado ciudadano español? Habían sido muy astutos, y nosotros muy tontos. Lo único que les falló en su plan es que yo me quedara libre. Tendría que hacer algo por mi padre. Nadie más le podía ayudar.

Durante los tres días siguientes apenas sucedió nada de importancia, exceptuando que mi hambre y mi rabia iban en aumento. El problema del agua estaba resuelto, de momento. Ya tenía siete latas de refresco recicladas con agua, y eso era más que suficiente para calmar mi sed durante varios días. Pero no había nada sólido que calmara los lamentos de mi estómago. Llegué a comerme media docena de claveles frescos y me estuvo doliendo la tripa durante horas. Ya podrían plantar naranjos en vez de cipreses dentro de los cementerios, pensaba yo.

Durante el día, a las horas de sol, en las que se hacía larguísimo este encierro, me dedicaba a pensar en un posible plan que sacara a mi padre de la cárcel. Sólo contaba con la honda, un bolígrafo y este cuaderno, los tres únicos objetos que salvé en mi huida, y gracias a que siempre han estado pegados a mi piel como una calcomanía. Fue entonces cuando empecé a escribir esta historia, más que nada para ocupar el tiempo y reflexionar.

Cuando cumplí la quinta noche de encierro, ya no sabía qué me angustiaba más: si el hambre, no saber nada de mi padre, estar escondido todo el día en un cementerio, que la policía me estuviera buscando, dormir todas las noches en un mausoleo con otros siete muertos… Todo era bastante horrible, la verdad. Sabía que una noche cualquiera, no muy lejana vendrían el gordo y el narizotas a recoger el cargamento que tenían escondido en el panteón azul. Sin duda volverían, porque allí estaban aún las bolsas de cocaína, custodiadas en silencio por los antepasados de la familia Carvajal. No sabía qué hacer cuando llegara ese momento. En realidad no podía hacer nada contra ellos. Yo no era nadie. Menos que nadie. En cuanto moviera un dedo a la luz, un ejército de policías caería sobre mí dijera lo que dijera.

Con esos negros pensamientos estaba, sentado sobre una lápida de mármol, cerca de la puerta de entrada, cuando Alicia y Miguel hicieron su aparición de una manera un poco extraña.

Abdel, Enrique Páez, Ed. SM

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