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Bendición de la tierra, Knut Hamsun

Fíjate en este fragmento increíble de “Bendición de la tierra”, una sencilla filosofía emana de su lectura, es más, nos aguijonean los topoi, la comunión entre el hombre y la naturaleza, la ¿fe en la vida? Pese a la insignificancia del hombre, el mundo se ilumina cuando labra los surcos de la tierra, el mundo se alza a su lado, sigue los pasos de sus hijos, aunque estos se muestren díscolos y lo maltraten. Lo que te pido es muy sencillo: transforma este fragmento de Bendición de la tierra en un corto relato. El texto deberá ser circular, respetando así la propia estructura del fragmento.  Elige un tema y estira del hilo: la relación del hombre con la naturaleza, el poder benefactor de la tierra, los surcos que realiza el arado, son como brechas, cuerdas que unen a los hombres, que los guían por el mismo sendero, que los dirigen al mismo ¿espejismo?, ¿gozo?. Tierra nutritiva que une corazones, que fusiona corajes, temples y espíritus; tierra benefactora, que nos sirve de guía y callado, ya que sin sus frutos no somos nada; sin sus bendiciones perecemos en la inanidad, como si todos nuestros alientos, esperanzas y deseos se los hubiese tragado, ¿ella?

 

Yo soy la niebla. Soy de los que conocen lo que conviene, pero no lo hacen. Él es el rayo; y ahora está al servicio de la industria. Yo soy algo, pero él no es nada; es, solamente, el rayo, el hombre dinámico de nuestro tiempo. Pero el rayo, como tal, es estéril. Pongamos vuestro caso, el de los Sellanraa. Veis todos los días que las montañas azules no son invenciones, son las viejas montañas que se alzan desde tiempos remotos, pero son vuestras compañeras. Así vais al unísono con ellas y con la anchura del espacio, y habéis sido arraigados. No tenéis necesidad de empuñar la espada, y sin proteger vuestra cabeza con un yelmo y con mano desarmada, atravesáis la vida rodeados de aventuras. Mira, ahí está la Naturaleza: es tuya y de los tuyos. El hombre y la Naturaleza no se hacen la guerra; se dan la razón recíprocamente; no entran en competencias ni corren a porfía detrás de ningún prejuicio, sino que andan del brazo. Así os veo, gente de Sellanraa, coronados de prosperidad. Las montañas, el bosque, las praderas, el cielo y las estrellas…, todo esto no está sujeto a medidas mezquinas. Es inconmensurable. Hazme caso, Sivert, y conténtate con tu suerte. Tenéis todo lo que necesitáis para vivir, y todo aquello que es objeto y fin de vuestra vida; nacéis y engendráis nuevas generaciones. Sois necesarios en la tierra. No todos lo son; vosotros sí: la tierra necesita de vosotros. Sois los que mantenéis la vida. Vosotros sois así, que a una generación sigue la otra, y cuando una se extingue, la siguiente pasa a ocupar su lugar. Y esto es lo que se llama vida eterna. ¿Y qué tenéis en cambio? Tenéis una existencia legal y honrada, una existencia en armonía con todos los demás. ¿Y qué más tenéis? Nada os subyuga ni os domina, gente de Sellanraa, tenéis paz, y poder, y dominio, estáis rodeados de la inmensa bondad. Esto es lo que tenéis a cambo. Descansáis sobre un seno cálido, y jugáis con una blanco mano maternal, y bebéis hasta apagar la sed. Pienso en tu padre, que es uno de los treinta y dos mil. Y tantos otros, ¿qué somos? Yo soy algo: soy la niebla; estoy aquí, estoy allá, voy y vuelvo y, a veces, soy la lluvia que cae sobre tierras sedientas. Pero, ¿y los otros? Mi hijo es el rayo, que no es, realmente, nada – un resplandor fugaz y estéril – y sabe hacer negocios. Mi hijo es el tipo de hombre de nuestro tiempo; cree sinceramente lo que su tiempo le ha enseñando, lo que le han enseñado el judío y el yanqui; yo lo veo y muevo la cabeza. En mí no hay nada de misterio; sólo en el seno de mi familia soy la niebla. Y muevo, disconforme la cabeza. Y es que a mí, Sirvert, me falta el don de obrar sin escrúpulos. Si tuviera este don podría ser también el rayo. Así soy la niebla.

Bendición de la tierra,  Knut Hamsun

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