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Espejito, espejito lindo, ¿quién es la más bella?

Espejito, espejito lindo, ¿quién es la más bella?

¡Ay! ¡Cómo se nos nota  el paso del tiempo a las mortales de a pie! ¡Es inevitable! No es que yo esté obsesionada con las arrugitas de mi rostro o las patas de gallo, pero soy femina, y cómo tal me pregunto: ¿sigo siendo bella? La que más y la menos hemos soñado alguna vez con ser la más bella del reino. Pero mal nos pese, ya no somos niñas y tenemos que  empezar a cuidarnos, aunque nos dé una pereza tremenda, eso de andar por ahí con cremas, potingues y demás artilugios mágicos.

 Claro que después de ver cómo les afectan  esos potingues a las Amazonas del paraíso nos entra rabieta pueril y sentimos deseos de pincharles los turgentes senos, antes de que lleguen al espejo y nos borren del mapa, sin que podamos decir ni mu. Les preguntamos a nuestros compañeros y ellos con toda su buena fe, nos sueltan que seguimos estando estupendas y apetitosas. Es el momento de las carantoñas y de los besos apasionados… Casi estamos a punto de creerlos, pero cuando notamos que el barco parece ir viento en popa a toda vela, oímos el canto televisivo de las sirenas. Nuestros sufridos compañeros, ya metidos en faena, miran por el rabillo del ojo, poniendo  cara de bobalicones. Su cuerpo se mueve, pero su mente está a miles de kilómetros, en la Babia amazónica.

 Es inevitable, ni tapándoles los oídos evitamos que se les corte la respiración ante tanta belleza escultórica. Ni Sharon Stone (1958) ni Demí Moore (1962) –por citar dos nombres de un largo etcétera- son ya unas niñas, pero cualquiera de ellas nos fulminaría de inmediato con sus ojos llameantes; un chasqueo de sus dedos y nuestros “fieles” compañeros, estarían a su merced. Nos entra entonces lo de siempre, esa rabieta interna que saca pecho y volvemos a seguir la dieta milagrosa, asistimos al gimnasio para recuperar el tono muscular o nos endilgamos la crema del anuncio, convencidas de que será la tabla de nuestra salvación. Es la misma crema que anuncian las divas con tanta gracia y salero, así que si ellas, que han atravesado la menopausia con tan buen talante, han podido superar los traumas, nosotras no vamos a ser menos. Nos creemos lo que dicen a pies puntillas, como si fuesen amigas nuestras de toda la vida, y sonreímos con entusiasmo ante su “Chicas a todas nos llega la menopausia, pero a nosotras no nos para nadie”. Seguro que con esas flamantes aliadas, conseguimos que el espejismo vuelva a sonreírnos y nos piropee.

Y si no siempre nos queda un consuelo: al menos ellas no pueden arrebatarnos la belleza interna, esa es unisex y profiláctica, ¿o no? Seguramente nuestros compañeros no lo sepan aún, es más, lo más probable es que nunca lo reconozcan, pero la belleza externa es un engañabobos, y si no quieren reconocerlo, no tenemos más que mirar su barriguita cervecera o sus canas, que tampoco nosotras hacemos ascos a los pibes cinematográficos. Pero al final, lo que persiste, lo que hace que el espejito mágico diga “chapeau”, es lo que ocultamos dentro: ni más menos que nuestra forma de ser, nuestros principios o la forma en que nos sacudimos la tiranía del cuerpo con el culto al espíritu.    

Aghata

 

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