Poemas

Duele

 

Medir el miedo cuando es infinito

encerrado en la cárcel del dolor

da al rojo sangre, a la oscuridad tiempo

y a la boca silencio. El grito

no vale para amainar

los dientes desgarrando la médula,

y tampoco callar, nada apaga

el fuego que recuerda a la vida

al vientre y al sollozo, todo es gasolina

temblor y mentira, orín impertinente

tabla que asoma desde el barro, vejez joven

cuerpo que asoma desde el barro, viva muerte.

Y mientras, ando, golpeo, y descifro mi propio

silencio, mi propio andar hacia allí, al fondo.

 

Puerta al Olimpo

 

El suelo es absurdo, soporta

al humano, preñado, impúdico

de avaricia ilustrada: humean

en el horizonte el vapor; alzan

los estandartes del fin; incineran

los pies de guerreros. Leo esto

en palabras de tinta, detrás

invisible la desnudez humana,

me informo y padezco.

Bombeas sangre, tú, vicio, espejo

de pupila crítica, a los absurdos

aparejos que me conforman.

Estoy atrapado, encaramado

en el suelo, absurdo como yo,

como dios, humano como el Olimpo.

 

 

No quiero entrar

 

Es un túnel de hormigón arremangado

en las entrañas del hospital,

la luz inconmovible cercada por tripas,

los rasguños en las paredes guían

los pasos que no apetece colocar

en el suelo sin sombras perfiladas.

Quien viene ya está perdido

y desea nuevamente perderse

para pedir ayuda.

¡Y quien no!

Como los intensos huecos

de un intestino dédalo

de monótona escarpadura

recorremos:

derecha, derecha, derecha

y el pasillo se abre a un nuevo agujero;

derecha, derecha, derecha

y otra sala abierta como una plaza;

derecha, derecha, derecha

y una puerta mal pintada;

derecha, y nos sentamos

a esperar lo finito, ¡qué tarde es siempre!

 

¡Y nunca hay ventanas! ¡Habrá que imaginarlas!

Recorremos las profundidades con ambigüedad

rozando con la palma de la mano un pasamanos

que nos puede lacerar, sin embargo necesitamos

su consistencia, y su ingenuidad, nos sustenta

sin pedir a cambio justicia, las sillas dan la espalda

y nos impelen a esperar con los ojos en la puerta,

con los oídos escuchando el aire que ha entrado

en el pasillo, a nuestro nombre hablado y no dicho

a la espera que partamos detrás. Otra persona

se ha levantado, es ella y no yo quien contesta

por mi nombre, afirma, saluda, entra en la consulta.

Tanto hablar de libertad, y uno puede existir sin necesidad

de serlo siempre, alguien se prestará a ocupar mi puesto,

necesito claudicar de lo aburrido, de las luces parpadeantes,

de los espacios cerrados, de las palabras lúgubres.

Hoy mismo puede ser, únicamente quedarse sentado.

 

La libertad es eso, un imposible, eternamente anhelo,

las vueltas de guión, romper la hoja, y con el rasgueado

el silencio que acuna los candados, la orilla

podría ser solución, también miedo, susurro

de arboleda, y ojos envidiosos. Lo dicho:

la orilla podría ser solución.

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