Juan Carlos Ortega, licenciado en filología hispánica y profesor de literatura, es el autor de Regreso, una obra que toca  temas universales de la poesía: el dolor, la felicidad, el paso del tiempo, la muerte, el amor.

P.- Podemos decir que Regreso es un poemario autobiográfico, ¿Es la poesía un arte que requiere de la experiencia y vivencias del autor?

R.- En la poesía de las últimas décadas del siglo XX y en la actual se aprecian dos tendencias dominantes: por un lado la llamada poesía “de la experiencia”, de tono intimista, y de estética realista, con claras influencias de la poesía social de la posguerra, y que desarrolla sus temas partiendo de las vivencias reales del poeta.  Por otro lado, la llamada poesía “neo-postnovísima”, más hermética y experimiental que se preocupa mucho por los recursos técnicos y por temas culturales y filosóficos, y  que tiene influencia del modernismo, de las vanguardias y de la poesía pura juanramoniana.

Ambas son perfectamente respetables, y desde ambas corrientes se puede hacer una excelente poesía.  Pero yo pertenezco muy claramente a la primera, a la poesía “de la experiencia” y es en ella en donde me siento cómodo. Necesito partir de mis vivencias para que aparezca el impulso poético, la necesidad de escribir.

Cuando sufro o cuando disfruto del placer de vivir, surge casi espontáneamente el deseo de plasmarlo con palabras. Y elijo para ello un estilo antirretórico, un tono conversacional que no está reñido en absoluto con los temas trascendentales o las reflexiones profundas. Esto no significa tampoco, que no cuide mi estilo o que no elija bien las palabras. Generalmente, después de escribir un poema, dejo pasar unas horas o unos días, para después revisarlo y  pulirlo. Y el proceso se puede repetir varias veces, hasta que sienta que está definitivamente acabado. En este sentido, el tono conversacional, puede considerarse también un artificio.

Jaime Gil de Biedma, figura fundamental de la poesía de los 50, que es también un poeta que podríamos calificar “de la experiencia”, y que utilizaba un tono, a menudo, conversacional, cuidaba exhaustivamente el estilo de sus poemas, y él mismo se consideraba un poeta de creación lenta. Era, desde luego, un poeta tremendamente culto, pero no utilizaba el “culturalismo” en sus poemas.

P.- Tu poesía es muy directa y con pocas metáforas pero muy cargada de sentimientos, quizás para que sea mucho más clara y fácil de leer. ¿Es necesario esto para acercar la poesía al público que aún no lee poesía?

R.- Se suele tener la idea de que la poesía es un género intelectual  y de minorías. Pero no debemos olvidar que la poesía es también un género tradicional y que las primeras manifestaciones literarias de nuestra cultura son líricas. El pueblo, la gente sencilla, necesita expresar sus emociones: la felicidad que produce el amor, la tristeza por la ausencia del ser amado, el disfrute de la naturaleza, el miedo a la muerte… Esos temas universales que seguimos tratando los poetas porque seguimos sintiendo la misma necesidad de expresar nuestras emociones.

La poesía no tiene que estar cargada siempre de emociones y sentimientos, pero lo cierto es que a la gente le gusta sentirse emocionado, vibrar por dentro, y la poesía que consigue esto alcanza a la mayoría.

P.-  En tu poemario, miras hacia el pasado, especialmente a los momentos difíciles de tu vida, como la adolescencia. ¿En que medida afecta esta mirada retrospectiva a tu presente?

R.-  Los seres humanos somos gregarios por naturaleza. Vivimos en sociedad y vivimos en familia. Formamos, por tanto, parte del destino de muchas personas con las cuales estamos de alguna manera directamente relacionados. Particularmente formamos parte de un sistema familiar, del que heredamos los genes, pero también heredamos el inconsciente colectivo de nuestra familia, que tiene la capacidad de ser transmitido de generación en generación. Los conflictos entre los padres, las separaciones traumáticas, la pérdida de seres queridos, etc quedan grabados en ese inconsciente colectivo familiar. Cuando esas situaciones no se han resuelto, reaparecen de alguna manera en generaciones posteriores.

El origen directo de mi poemario fue la crisis adolescente de mi hijo mayor, que produjo una auténtica conmoción familiar. Esto me hizo revivir inmediatamente mi propia crisis adolescente. Mirar al pasado para tratar de comprender mejor el presente. De ahí el título del poemario: Regreso. Pero no sólo hice el esfuerzo de comprender lo que pasó, sino que, al mismo tiempo, intenté ponerme en paz con aquello que produjo dolor para que pudiera fluir y no siguiera afectando y reproduciéndose en mis hijos y quizá en los hijos de mis hijos. Así pues, la poesía, involuntariamente, me ha ayudado a poner en orden mi vida y ha reconciliarme con mi pasado.

P.- Fijarse en lo cotidiano, lo pequeño, las pequeñas anécdotas que sirven de reflexión en la vida es lo que encontramos en Regreso. ¿Es la poesía una forma diferente de ver el mundo que nos rodea?

R.- Hay una sensibilidad especial para entender y disfrutar de la poesía y del arte en general. Pero también hay una sensibilidad especial para la vida. Esta sensibilidad no solamente se tiene, también se cultiva y se desarrolla. El placer estético que produce contemplar la naturaleza o el disfrute de las pequeñas vivencias cotidianas, por ejemplo, se valora más cuanto mayor es la sensibilidad, pero también la experiencia y la madurez nos hacen apreciarlo más y mejor.

P.- La poesía quizás sea una de las grandes olvidadas por la historia de la literatura, apenas encontramos libros específicos de historia de la poesía, sin embargo cuando queremos conocer el arraigo de un pueblo a su cultura siempre nos fijamos en su poesía. ¿Se le debería dar más importancia a la poesía dentro de los estudios de literatura?

R.- Hace un par de años, un grupo de alumnos muy especial, que tenía una gran sensibilidad, además de ser un excelente grupo de personas, me pidió que les leyera más poesía en clase. Gracias a esta buena predisposición suya, se nos ocurrió que podíamos empezar todas las clases leyendo unos minutos de poesía, al margen del temario oficial de la asignatura. Esta experiencia fue increíblemente provechosa y gratificante, hasta el punto de que decidí ampliarla a todos los grupos y hoy en día empiezo siempre cada clase leyendo algunos poemas. Obviamente, escojo poetas y poemas de la literatura universal que puedan llegar más fácilmente a chicos de entre 14 y 17 años, que son las edades de los alumnos con los que trabajo. Pero he comprobado que les gusta mucho empezar de esta manera, que después se centran mejor, y que terminan apreciando más la poesía.

Aunque es una experiencia muy personal, animo a otros profesores y, por qué no, a los pedagogos, a darle más tiempo a la poesía en las clases y en los planes de estudio.

P.- Siempre preguntamos a los autores cuáles son sus poetas favoritos y los que más les han influido en su obra.

R.- El primer poeta con el que siento que estoy en deuda es el ya citado Jaime Gil de Biedma. Lo leía mucho mientras escribía Regreso y, de hecho, uno de los poemas del libro está dedicado a él. Se titula “Afinidad”, porque es ese el sentimiento que me despertaba. Sentí que estaba unido a él por una extraña afinidad. En cualquier caso, lo considero un maestro, y me siento emocional y estéticamente unido a él.

También estoy en deuda con los norteamericanos Raymond Carver y Charles Bukowski, con el peruano José Watanabe y el venezolano Eugenio Montejo. A todos ellos los leí mientras estaba  escribiendo mi poemario y todos ellos han dejado una huella palpable.

Desde luego, hay muchos otros poetas a los que admiro y que me han influido, pero los citados son los que han estado más presentes mientras creaba Regreso.

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