Alguna vez recuerdo
aquel tiempo en el que fantaseaba con ir a la cárcel.
Supongo que no debía sentirme
muy bien conmigo mismo
pues aunque no había motivos,
imaginaba con frecuencia
cómo sería mi vida
en un ambiente carcelario.
Solía empezar sintiendo
una vaga inquietud
viéndome rodeado de inadaptados
como yo, pero un poco más violentos.
Me imaginaba,
asocial entre los asociales,
aislado en una celda
la mayor parte del tiempo,
tumbado en un jergón,
despierto, con los ojos cerrados,
soñando con el mar,
los bosques, las montañas
o los valles.
Y me veía también
leyendo libros prestados
o tal vez releyendo una y otra vez
la misma obra maestra.
En esa tranquila y extrañamente bella
vida carcelaria
yo sería feliz.

Un día, sin embargo,
no recuerdo muy bien cuándo,
descubrí que la vida
no era una cárcel
y pude al fin reconciliarme
con los hombres, sentirme
en paz conmigo mismo
e ir en busca de una vida más noble.

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