Después de la discusión de anoche
no he podido dormir.
Los números del reloj digital
iban cambiando mecánicamente
en sucesión lenta y monótona.
Intentando relajarme,
me imaginé en una playa,
tumbado en la arena tibia
bajo el sol.
Tu cuerpo, tendido a mi lado,
era el sol que calentaba,
tu respiración, el rumor de las olas.
Me imaginé después sumergido en el agua,
flotando entre peces y algas.
Me rodeaba un vasto azul,
casi infinito,
y la luz verdosa
que llegaba desde arriba,
filtrándose hasta mi alma.
Sentí la paz eterna del mar.
Despacio, muy despacio,
algo se fue desprendiendo de mí.
Lo sentí hundirse lentamente
hasta el fondo abisal.
Mi cuerpo, ya más ligero,
ascendió hacia la atmósfera diáfana.
Volví a la playa,
donde aún estabas tú,
esperándome dulce y tranquila.
Y, al fin, el sueño
llegando,
y el amor
cerrándome los ojos.

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