escritor

Noche 1

Primera carta de un noctámbulo a su amada:

Soy incapaz de dormirme.
Solo quería decirte que, por mucho que tardes en decidirte,
por mucho que dudes y le des mil vueltas a las cosas,
yo voy a seguir aquí,
y estaré igual contigo como ese bendito lunes,
que
como un 14,
cumplió,
y sin duda fue uno de los mejores días de mi vida.
Sé que puedo decirte cualquier cosa,
y que puedo utilizar las palabras más bonitas del mundo,
pero con todo y con eso,
no haré que cambie tu opinión.
Pero si por algún casual cambiara,
por algún casual
decidieras que quizá pueda surgir algo
muy poco a poco,
sin prisa,
estaré aquí,
para todo lo que me pidas,
porque te necesito,
y no sé estar sin ti.
Tiene gracia que durante el día no pueda hablarte tan tranquilo,
y ahora,
a las 5:30 de la madrugada
te diga todo esto.
Supongo que ahora estarás durmiendo,
y si ya eres adorable de por sí,
durmiendo tienes que serlo todavía más.

No quiero molestarte,
así es que no tengas prisa por leer este mensaje y contestar.
Supongo que me acostaré ahora,
pero seguro que,
como cada mañana,
me despertaré cuando oiga el sonido de tu respuesta.
Hasta mañana entonces,
te quiero.

Noche 34

Ella era como un diamante.
Era la piedra más preciosa
y dura del mundo.
Pocas cosas habían que pudiesen llegarle al corazón.
Pero un diamante
no se forma así porque así.
Bajo gran presión y temperatura,
las condiciones más extremas,
todo eso hizo que ella dejara su lado blando
y se convirtiera en el diamante más duro sobre este mundo,
y a la vez el más precioso.
No le teme a nada,
porque ella ya ha sufrido de todo.
Sobre sus ojos pesan
las lágrimas
que jamás nadie ha derramado,
y sobre sus hombros
el peso de esa presión continua
que la ha llevado a su estado actual.
Este diamante,
tan raro de encontrar,
pero tan difícil de mantener.
Simplemente
es ella contra todos.
Ella
es
mi
diamante.

Noche 137

El poeta Desperado.
Ese que revienta por dentro cada vez que ve esa foto que tienes,
que tu sonrisa se difumina en su mirada,
que nunca te ha visto tan feliz,
y tiene huevos,
porque eres feliz con otro.
No tiene sentido,
ni él
ni la vida.
Que la realidad es que él está escribiendo por ti,
mientras que tú estás con otro,
disfrutando,
siendo feliz.
Es gracioso,
parecía que me querías.
Que le follen a tu historia de amor,
que no puedo más con tu indecisión.
Al fondo hay sitio,
ahí te espero.
Cuando te dé la gana,
ya sabes donde encontrarme,
o mira mejor,
a lo mejor no estoy ni para esperarte,
que el hielo a veces quema.

Noche 175

¿Te crees que tu sonrisa es mi favorita?
¿De verdad crees que necesito verme reflejado en tus ojos para sentirme vivo?
¿Acaso piensas que si no te tengo, no me queda otra opción que la soledad?
¿En serio, crees que tu ausencia ha causado en mí un síndrome de abstinencia?
Entonces déjame decirte que llevas toda la razón.

Noche 328

En esta noche de Insomnio,
te quiero contar una historia.
Una onírica serie de acontecimientos,
que no hacen nada más que acortar las horas de sueño,
y aumentar la capacidad de soñar.
Érase una vez
(porque así empiezan los cuentos),
en un lugar muy muy lejano,
¿por qué no?,
pongamos que hablo de Madrid,
un músico callejero.
Este músico tenía un sitio especial,
un rinconcito en la calle Princesa.
Pero no estaba allí
por el paso de turistas que le soltaran,
algo de chatarra,
si no porque por allí pasaba,
todas las mañanas,
la razón de su sonrisa.
Entre el batiburrillo de gente,
esa marea descontrolada
y a la vez
en perfecta coordinación,
siempre vislumbraba aquella cara de niña.
Esos ojos negro azabache,
que parecían haber derramado más lágrimas
que las que cualquier persona
pueda aguantar;
esa sonrisa de pura inocencia,
que sentaba como una ducha en el infierno,
como un trago de agua en el desierto.
Pero sobre todo,
era el sonido de su risa,
tan acompasada con los acordes de la guitarra,
pero a la vez
tan en desacuerdo con el barullo de las conversaciones ajenas,
lo que hacía al músico levantar la cabeza.
Cada vez que ella pasaba por la calle,
él tocaba siempre la misma canción,
con la cual quería expresarle,
todo aquello que era incapaz de contarle,
y que tanto tiempo llevaba guardando en el corazón.
Y así siguió en el transcurso de los días,
desde los fríos meses de invierno,
hasta el caluroso agosto,
pasando por las lluvias de abril y octubre.
Y el guitarrista,
seguía tocando su repertorio,
siempre cambiando la canción,
cuando veía a su Reina,
bajar por la calle Princesa.
Continuará…

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