Los ojos del retrovisor

Los dos nos hemos ido acostumbrando,

Joana, a que esta lentitud,

cuando, al bajar del coche, apoyas las muletas,

despierte a los cláxones y su insulto abstracto.

Me hace feliz tu compañía,

la sonrisa de un cuerpo tan lejano

de lo que siempre se llamó belleza,

la penosa belleza, tan distante.

Yo la he cambiado por la seducción

de la ternura iluminando el hueco

que la razón dejó en tu rostro

Cuando me miro en el retrovisor

veo unos ojos que no reconozco,

pues brilla en ellos el amor dejado

por las miradas, y la luz, la sombra

de todo cuanto he visto,

y la paz que me da tu lentitud,

que está dentro de mí.

Tan grande es su riqueza

que no parecen míos los ojos del espejo.

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