Fieles y dóciles como rebaños,

sustentadores de banales creencias,

las calles infectan con su monótono eco,

el hedor de su filosofía a mercadería barata.

Hermanos de las moscas y demás seres inofensivos,

nobles y amigables, honorables y santos,

en bailes de disfraces y fiestas de carnavales

narcotizados por músicas de olvido

mírales resguardados, mírales bien:

su dardo envenenado ocultan, disfrazados de bondad,

para lanzarlo con su cobarde miedo al extraño,

aquel que les recuerda su bajeza, su sumisa competencia.

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