escritor

Poemas

[intense_animated type=”bounce”]Aspereza del sueño[/intense_animated]

Llevo una daga clavada en el pecho,
aquí, en el lado izquierdo.
Pensé que era plata y oro
fraguada en el desconcierto,
y no, es dolor, es llanto,
es el eco del viento.

Quise arrancarla, áspero filo,
oquedad infinita, mortal sueño.
Infinito vacío de mirada perdida,
afligida, herida, rogando veneno.
Marchítanseme los brotes de finas hierbas
que cultivé con arrobo en el fuego.

[intense_animated type=”bounce”]Silencio que se quiebra[/intense_animated]

Rásgasete el destello
voluptuoso que cobijaba
los albores del regazo,
aura misteriosa de fábula.

Mas tu luz es el camino,
tu luz es la honda ansia,
ansia pertrechada de bocas
frutales en germinación oceánica.

Embelesante alienación crepuscular,
como ecos de luz prolongada.

Quiébranseme los dinteles
laureados que de lacias
volutas extendidas en la frente
eran la delirante brisa áurea.

Hacia el pardo rumor,
por veredas largas,
de taciturnas huellas
devorando frondosas ramas.

Ensueño maldito del labio
con espanto de tierra impávida.

[intense_animated type=”bounce”]Retorno bucólico[/intense_animated]

Un crujir de amapolas
ciegamente me destroza.
Un indefinible rumor constelado
absorto de pasiones y de trazos;
bátense pecho y sombra.

Un inmaculado vergel
se desentiende del ayer.
Aflora la desventura del ardor;
con su severidad el ansia calló.
Solloza intranquila sien.

[intense_animated type=”bounce”]Lluvia[/intense_animated]

Circula en tumultuoso trasiego
abandonando las altas alturas,
saciando el apetito de la hierba:
fina, gruesa, evocadora.

Irrumpe la prosperidad de los grillos
borrando veredas en las colinas,
encharcando raíces muy profundas,
casi palpando lo oculto.

Y el cielo nublado,
y una densa capa de humedad
anegando las frágiles cortezas,
embarrando los caminos polvorientos.

Repica en la compacta tierra,
del pedregal depura los residuos,
formando largas hileras de mugre,
arrastrando hojas mustias.

[intense_animated type=”bounce”]En torno al silencio[/intense_animated]

Cimbrar del silencio.
Murmurar de doliente arrullo.
Pecho marcado por la cruz de la soledad.
No busques.
Jamás el beso podré otorgar.
Sueños y dolor.
Viento y desazón.
Acre fragancia entre las costillas.
Condenado por la frente.
Áspero tacto en lugar de caricias.

Navego hacia el centro.
Hacia mí, fuera de mí.

En torno al eje giro locamente.
Gritos.
Maravillada espiral en cadencia se sucede.
Camino sombrío.
Mullido bullicio.
Perpetuo lance de negras horas.
Olvidado del espacio.
Silencio el rubor de las corolas.

[intense_animated type=”bounce”]Caballo bajo la lluvia[/intense_animated]

Yerto de resplandores e insignias.
Yerto de vocablos y perfidia.
Yerto de horas sin cuna.
Caballo bajo la lluvia.

Mezo los pechos del alba
en el brindis atribulado del olvido
y canto en la oquedad de la urna.
Caballo bajo la lluvia.

Amo, desde que no amo,
el silencio y la huida.
En el seno de la burla.
Caballo bajo la lluvia.

Amo la espina en el pecho,
la llaga en la mano,
el intersticio de la luna.
Caballo bajo la lluvia.

Canto a la ausencia de herrumbre.
Conspiro con la oscuridad del alba
y su elenco de sombras impuras.
Caballo y lluvia.

[intense_animated type=”bounce”]El silencio de los besos
[/intense_animated]

Es el crepúsculo en tus muslos.
Es el crepúsculo de tus muslos,
cálidos y hondos,
que vociferan silencios flameantes.
Porque por los trazos agrestes,
cercados por el encono,
ascienden minerales ataviados con tinta:
lívidas huellas que retumban lejanas.
Porque en la cadencia
de mudas horas arrebujadas,
lenguas que se anexionan
en una gota extraída a la tempestad,
se incrusta la prolongación del cabello,
se enjuaga la espesura de la sien.
Deleite de hojas meciéndose.
Asedio de flores recorriendo el torso.
Hacia la sutura de los hierros.
Espárcense rastros que rasgan
las ráfagas rancias del ramo.
Por la embriaguez del cuero hacia el vientre
habitado por estíos guturales.
Ensueño de las manos
hundidas en la garganta del pecho
entre tumbos de escarcha destituida.
Crecen los destellos desnutridos.
De las pupilas, en los recodos,
reflotan gruesos cantos
en la ausencia marchitos.