escritor
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Nací el 30 de octubre de 1991 en el seno de una familia de clase media. El tercero de tres hermanos y una hermana. Poco que añadir sobre mi infancia: un niño soñador de índole romántica aficionado a la lectura, en la que prevalecían los cómics, y a la práctica esporádica del dibujo; un estudiante mediocre que se pasaba las horas fantaseando y vislumbrando porvenires de profusa calidez. En torno a los diez años transmutó mi carácter, un cambio súbito en el que pasé de extrovertido a introvertido y, aunque perduraba la credulidad, algo se empezaba a fraguar en la manera de percibir el entorno y, dicho sea de paso, que la timidez que me acompaña hasta el presente y que en ciertos aspectos rebasa lo patético –por no decir en todos-, se recrudeció.
Al empezar con la secundaria surgió paulatinamente otro cambio, dejé de ser quien era, tan solo quería agradar y encajar en un entorno que me era hostil; era un individuo fuera de contexto, era como una hoja que arrastra el viento, incapaz de oponerse a las veleidades de la presión social y de la revolución hormonal. Aunque nunca llegué a olvidar quien soy, solo lo arrinconé. Tras estas transformaciones vino la iniciación a lo que sería una adolescencia disoluta.
Después de abandonar los estudios y ponerme a trabajar incrementaron las disoluciones a las que sobrevendría un desenlace amargo y funesto. En esta etapa surgió el primer amor, el amor adolescente e idealizado, a lo que tengo que añadir que hasta este período el contacto con el sexo opuesto fue escaso e infructuoso debido a incompetencias interactivas que me cuesta solventar. El transcurso del tiempo se sucedía entre el trabajo y la dilapidación del dinero mientras se exacerbaban los desengaños, en especial el desengaño amoroso que ha dejado una honda huella, a lo que surgió la necesidad de escribir para desahogar cuanto no expresaba. En la navidad del 2006 me regalaron una guitarra, en la que hallé una nueva vía de liberación y ensoñación, al tiempo que aumentaba la flagelación por el estilo de vida que me parecía decadente, redundante y dependiente, y, a su vez, la incapacidad para abandonarlo; a la par que incrementaba el distanciamiento con la familia y la sensación de soledad que en menor grado siempre me ha acompañado. Con 18 años la angustia y la desesperación me hizo entrever el deseo frustrado de abrazar el eterno sueño del olvido como única alternativa y, aun así, seguí por el mismo sendero durante una temporada por culpa de la insensatez de querer encontrar resultados diferentes actuando siempre igual, en lo que se redoblaron las disoluciones amargas como búsqueda de la vitalidad desvanecida.
Tras leves percances vino un largo período de recogimiento en el que me distancié de todos y todo, en el que rebrotó quien siempre fui y que había arrinconado: vuelta al dibujo y a la lectura, pero con el gusto modificado, pues había aflorado la ambición renovadora en todo lo que practicaba, a lo que surgió el gusto por la reflexión que, con posterioridad, se convertiría en el amor por la filosofía, un amor en constante disputa del que me veo incapaz a renunciar. Fue un período de realización individual en el que redescubrí quien soy, en el que descubrí lo vetado a los sentidos y en el que hallé satisfacción personal.
Torné a los estudios alternando con trabajos eventuales y de verano. Alguna tentativa amorosa junto con alguna crisis existencial-moral que ha enrevesado el camino y a la vez lo ha allanado. Me presenté a dos concursos de poesía de los que no alcancé lo deseado. He dejado de estudiar segundo de bachiller por la incompatibilidad de horarios con el trabajo que ha surgido, y poco más que añadir hasta el presente.
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