en Club de poesía

Poemas

Aclaraciones

 

Queremos velocidad,

no speed,

las ciudades como oleaje que cedan al chantaje de nuestros deseos navegando y de los barcos cargados de música atronadora surcándolo.

 

Queremos superar

la fase los monstruos infantiles,

se nos quedaron cortos,

en realidad,

queremos convertirnos en verdaderos monstruos sanguinarios.

 

Queremos encontrar el cariño que se profesa un náufrago a sí mismo, haciendo museos solitarios con cuadros de saliva y delirando en la asamblea de sí mismo acerca de las decoraciones de granos de arena sobre barcos imaginados.

 

Queremos,

también,

entretenernos con cada sabor

como si fuese el último color,

cada cena será La Última Cena

y saltaremos del lienzo para pintar la cara de Leonardo da Vinci con pasión y fuerza en cada pincelada, dejando su corazón caótico como Pollock, quedándose a cuadros, como Mondrian,

y nosotros seguiremos por ahí,

pintando en sus maquinaciones las venas y la sangre que le faltan,

somos el verdadero renacimiento.

 

Queremos esto y mucho más,

pero no podemos alcanzarlo,

vuestra realidad lo impide,

así que nosotros,

los revolucionarios psicópatas,

hemos decidido relatar cómo será nuestra revolución total de la vida.

 

No os asustéis,

sencillamente,

huid.

 

 

La destrucción y lo cotidiano

LA DESTRUCCIÓN /1

 

Los cines cerrados, alcantarillas cerradas, son bocas cerradas. Caminos cortados por muros de cemento,

largos,

anchos,

densos,

alimentando inseguridades, robos, violencia, vidas perdidas, delincuencia.

Personas rompiendo sus billetes para golpearse la cabeza contra las puertas cerradas, mirando sus marcos abiertos. No caben por ellos, no pueden pasar,

en realidad

no quieren pasar.

 

Hay una mina antipersona en cada cajón de pupitre, guerra, sangre, dolor en cada universidad,

presos en cada escuela y alumnos en cada cárcel.

Sorbiendo

minutos,

perdiendo

tiempo.

 

Y nosotros somos los locos,

errantes por los pasillos, perdidos en la inmensidad de las alfombras,

sonriendo sin dientes de salón a la generación que nos los han partido.

Padres y profesores:

Miradas severas, relojes, estanterías, chaquetas y cafés fríos;

políticos, ejecutivos y policías:

Miradas de pared, papeleos, uniformes, dando y quitándolo todo.

Se han comido las palabras que entendíamos, han borrado de nuestros ojos las miradas perdidas, ociosas, y ahora no sabemos dónde mirar.

 

¿Dónde mirar?

Y mientras tanto miro los libros, y los libros me miran, vomitan miserias humanas, verdaderas entrañas de las entrañas de la verdad, por eso no son leídos. No obstante,

el

libro

te

está

mirando

fijamente,

te inquieta

y sientes un escalofrío, el susurro de tu espalda con miedo.

Pero ¿Dónde mirar?

Si no hay lugares, preguntar un dónde es absurdo.

 

LO COTIDIANO /1

 

Al calor de agosto, el viento de Valencia arde y nos quema el pelo, dejándonos calvos, el viento nos envejece con

grietas en nuestras caras,

las navajas sonrientes sobre un charco de sangre.

Esta ciudad al sol no respira y ya no hay calles, no quedan calles.

 

En este calor

los poetas

tienen

abiertas

sus ventanas,

recortando las paredes,

en mangas de camisa relatan confusiones de adoquines y papeles, y leen el sudor de los libros en los posos de los vasos, y se pasean rompiendo mañanas borrachos, coincidiendo silenciosos en la línea recta del horizonte, y sus cuartos revelan estanterías repletas, rebosantes de ceniza,

ceniza innecesaria, pero imprescindible, y en la última hora saltan de las aceras para hacer carreras con los coches en contradirección.

Sus barrios escondiendo versos rotos, versos clásicos, panfletos y sonetos, versos rotos, inacabados y veloces,

que les miran desconfiados desde las esquinas,

que se iluminan bajo farolas rotas,

inclinando el papel para ver mejor.

 

No lloran estas aceras

más que un par de veces al año.

Recogiendo la suciedad del suelo se mojan los labios para escribir cartas de amor a los furgones de policía, pintan las paredes con el humo de sus ojos frenéticos, mirando veloces a mil revoluciones por minuto, rechinando percepciones.

Todo

les

saca

de

quicio.

 

Estos callejones de Valencia recogen todos sus locos planes, desiertos de ladrillos y trajes a medida que vuelan amenazadores.

El aburrimiento corre perezoso

y se posa en las barras de los conciertos,

recorre las declamaciones de poetas impasibles,

se mezclará con el crujir del otoño.

 

Pero estamos en agosto

y Valencia sigue siendo un infierno.

 

Esas plazas, madrugadas, fuentes y recorridos titubeantes,

inundadas de latas de cerveza fría,

y todo el asfalto

al alcance de tu mechero.

 

 

El espíritu (imbécil) de nuestro tiempo

 

I

 

No se puede elegir un bando cuando se ha caído sobre el asfalto,

una vez exiliado voluntariamente,

por aburrimiento,

del cielo,

no se puede dejar de ser un ángel caído.

 

Cuando las alas que teníamos permanecen en el cielo cantando en un coro angelical no sé qué tonterías del amor universal,

ya

no

elegimos

nada.

 

 

EL MÚSICO /1

 

Viene de las peleas, de los barrios bajos que aún quedan y dónde todavía se respira una vida nefasta pero auténtica. Quiere poner belleza en su vida, por eso se enfrenta a todo el mundo, primero con puñales, luego con patadas, después con besos, y ahora probará con la música. Recorre la calle entre notas musicales, cubriendo las aceras con un manto de polvo y sudando blanquecino las dosis de realidad que necesita. Por los agobiantes desiertos estallará su música para destrozar el telón, los actores, la obra y el teatro entero con el público dentro. Consumará la destrucción o llorará en el intento.

 

 

EL MÚSICO /3

 

Entre un mar de cables, andando con cuidado, no todos esconden el cobre. Es la trastienda de máquinas y maquinaciones, piratas de la electricidad constante buscan su dosis, sudando sobre el metal frío. El músico se encuentra con su instrumento, capaz de sacar de los cables la verdadera vida alargada de las serpientes, sus cuerpos ardientes de veneno, sus colmillos feroces. Las falsificaciones se pelean con sus realidades, unas y otras se muerden con ira. La sangre se mezcla con las descargas eléctricas en un charco mortífero. Finalmente la última serpiente cae muerta, sepultada por los cables. El músico toca un rato más para acariciar con esas notas inertes sus lágrimas. Luego recoge su instrumento y se despide, el público del otro lado de la trastienda suelta un aplauso culpable, disimuladamente falso. Se pone el sombrero y el telón cae. Los cables también.

 

 

La puerta

 

Coger el marco de la puerta

y andar con él por la calle,

va a ser necesario

para mostrarse completamente desconocido,

un nuevo acto de las emociones rectangulares,

las pasiones geométricas,

las personalidades algebraicas,

una nueva forma de entrar y salir de uno mismo

continuamente.

 

 

La locura

 

Si los últimos delirios se interpretan,

acabará la locura.

 

Para ello está

el profesor y el diccionario,

el escritor y el filósofo,

el filólogo y el psiquiatra,

acabar con los delirios

interpretándolos,

para que dejen de ser delirios

y la locura deje de ser

un peligro.

 

Por tanto,

dejaremos de ser incomprendidos,

pasaremos a ser codiciados,

y tras la fiesta de bienvenida

acabaremos como vosotros: con gomina en la boca, amordazados con una corbata a juego en la cintura, un traje a medida en los pies y zapatos brillantes en las manos.

 

Relameremos este brillo ávidamente,

nos masturbaremos con billetes compulsivos

confundiendo los catálogos del supermercado

con pornografía o arte moderno

(qué diferencia hay).

 

Si los últimos delirios se interpretan,

acabará la locura.

 

 

Pero lo peor será

nuestra cara descansando,

esa risa en la basura,

y esos delirios

olvidados,

prometiendo todavía

una locura complicada,

pero humana.

 

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