escritor

Poemas

Los malos amigos
te inducen a su sórdido pecado.

Los falsos amigos
casi siempre se acuerdan de un enfado.

Los buenos amigos
nunca jamás se apartan de tu lado.

Pero amigos verdaderos
son los pocos que advierten que te has equivocado.
El viejo y noble mar, con su oleaje,
meció mi sentimiento hasta tu orilla,
donde quise encallar mi ajada quilla
como final de mi arduo cabotaje.

Pero al primer atisbo de mi anclaje,
se convirtió tu arena en seca arcilla,
y tu espuma viscosa y amarilla
sobre tu playa pérfida y salvaje.

Ansié quebrar tus rocas con mis olas
y el bravío fragor del mar revuelto,
perdida de antemano la pelea.

Volveré a recorrer la orilla a solas,
a ver si con la calma ya ha devuelto
los restos del naufragio la marea.

Hasta siempre…

Agua que bebo, navego, me llueve y me baña.
Fuego que calienta, alerta, me alumbra y me abrasa.
Tierra que alimenta, sujeta, me cubre y me ama.
Aire que respiro, grito, me dice y me canta.

Cielo limpio de mis razonamientos tan frágiles.
Mundo sucio de mis corazonadas inánimes.
Noche negra de mis interminables vorágines.
Alba blanca de mis sentimientos tan volátiles.

Más allá del agua, el fuego, la tierra y el aire:
primero tú, antes nadie.
Por encima de cielo y mundo, de noche y alba:
después de ti, la nada.
Alba, noche, mundo, cielo, aire, tierra, fuego, agua.

Te siento, como el cielo siente
una nube extensa y fuerte,
que en vez de ser vapor inerte
hacia el mundo llueva y truene.

Te prefiero, como el mar prefiere
una estela que lo hiera dulcemente,
que en vez de ser fugaz y breve
lo cruce y surque para siempre.

Y te quiero, como el sol quiere
la luna con su reflejo leve
que en vez de alumbrar, conmueve
al hombre y a la mujer en ciernes.

A menudo te sueño incandescente,
todo un cuerpo de lumbre placentera
con ese ardor de juventud primera
que brilla en la tersura de tu frente.

Me arrebata tu fuego permanente,
que inflama con su llama lisonjera
la renacida e inmortal hoguera
de esta pura pasión adolescente.

Sentirte y no quemarse, ¡qué improbable!;
encenderte y no amarte, ¡qué imposible!;
febril cuestión de tu naturaleza.

Comprende que no me halle imperturbable
frente a tu incandescencia imprevisible
que me abrasa la sangre y la cabeza.

Anunciación

Ya asoma, inocencia escondida.
Y ahora, futuro y vida.
Es la hora, mujer y niña.

En tu cepa de amor la traías
desde el principio de tus días.
Y por fin el premio del tiempo,
tu pedazo de cielo.

Apretados los dientes,
derramada de tu vientre,
la carne de tu simiente,
tu beso permanente.

Serás humana y diosa,
crearás poderosa,
bendecirás gozosa
tu victoria más gloriosa.

Tu luz,
tu destino
(y agua, y sed, y vino).
Tu cruz,
tu alegría
(y aire, y voz, y rebeldía).
Sueño en tu día,
llanto en tu noche
(y aliento, y ardor, y reproche).

Será cariño de tu leche,
caricia de tu corazón,
llano y pendiente,
pregunta y preocupación,
levante y poniente,
sinrazón de tu razón,
te echen lo que te echen.

Te mantendrá en pie sólo ella,
para darle su mies, su cobijo, la tierra entera.
Porque eres su sangre…
Su madre.