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Enriqueta Moix

FotoEnriquetaWeb

Enriqueta Moix Maré (Montblanc, Tarragona, 1.961).

Titulada en contabilidad. Ha realizado estudios de narrativa en el Ateneo barcelonés. Actualmente trabaja de contable y de escritora.

Autores en Club de poesía

Mis pies descalzos

 

Había crecido entre árboles

de hoja caduca

y flores marchitas,

despojos de una naturaleza

que había muerto misteriosamente

bajo mis pies descalzos.

La lluvia arreciaba

sobre mis hombros

y entre su abrazo

y mi desconsuelo

habían vuelto los recuerdos.

Sus pisadas habían

sido mis pisadas

y todo florecía a su alrededor.

El olor de su piel,

el sabor de sus labios

y su sonrisa…muerta

como mi propio corazón.

 

Desequilibrio mental

El cielo se había vestido de negro,

las montañas de un rojo azulado

y mi corazón palpitaba a destiempo.

Todo presagiaba un triste desenlace,

las palabras secretas

ya no guardaban el secretismo

que habían silenciado

en sus catacumbas destruidas.

Las espadas y las navajas

daban paso a los misiles y a las bombas.

Mis ojos veían el horror

de unos cuerpos mutilados,

de unas cunas incendiadas

y de unos rostros sembrados de odio.

Quería estar ausente

de aquel desequilibrio mental

y volver a bañarme

en ríos cálidos y transparentes,

donde la sangre no flotara en sus aguas.

 

Deshojando las cebollas

 

Iba deshojando las cebollas

con las uñas rotas,

cuando las lágrimas resbalaban por mis mejillas.

No, no sentía ningún dolor,

pero me apresaba la melancolía

añorando tus caricias y tus besos.

Preparaba la comida

para un solo comensal,

ponía un único plato en la mesa

vacía y larga del comedor

y con el tenedor pinchaba las cebollas

deshojadas y fritas con aceite,

donde rebanaba un poco de pan.

Una cena bajo la luz de una bombilla,

compañera de una mariposa errante.

 

 

Un candado de cristal

Descendías por las calles

hasta llegar al río.

Te destrozabas los pies con las piedras,

te rasgabas la piel con las zarzamoras

y el sol te quemaba los ojos.

Nunca oí un gemido

procedente de tu boca.

Habías asimilado tu fracaso

y llegabas a la parte mas baja

donde el agua salpicaba

tus heridas pudorosas.

Temblabas y sellabas tu voz

con un candado de cristal.

Los juicios pendientes

callarían su secreto.