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Radiografía al infierno

Radiografía al infierno – Prólogo de Ángel Padilla

Sahara es una palabra árabe que significa desierto. Situado en África, el desierto del Sahara es el más grande del mundo. Se extiende del océano Atlántico al mar Rojo y del Atlas al Sudán. Su vasta extensión está formada por zonas arenosas y por plataformas pedregosas, donde emergen macizos montañosos, a menudo volcánicos. Es recorrido por importantes corrientes de aguas subterráneas. La vida humana se concentra en los oasis.
A tenor de la temática de los poemas de este libro (con sólo ver algunos de sus títulos ya nos vamos haciendo una idea: “Sucedáneo de fuga”, “La cordura del suicida”, “Etiología del dolor”), y de las imágenes que los integran, estamos ante un canto a la ciudad como desierto, entendiendo desierto como infierno: el infierno de la soledad.
La soledad del autor –y de muchos otros como él-que descubre que habita el mismo infierno, éste, el del mundo humano, no subterráneo ni en otro plano de la realidad sino abierto al sol, sobre esta misma tierra.
Para el autor, por tanto, los países que componen este planeta, Italia, Francia, América, España… no tienen otro nombre en su conjunto que Sahara, desierto, Infierno.
Lo que advirtió Rousseau, de que nuestra lejanía –hoy ya de siglos-del mundo natural nos acabaría, por desubicados, matando, cuando menos enloqueciendo.
La fría y numérica sociedad industrializada anunciada por Marx, como unas fauces de dragón que con sus gigantes mandíbulas de acero, acabaría devorándonos a todos siguiendo su imperativo de Producción.
Ese es el infierno descrito por David Fernández Rivera en Sahara. Una agrupación humana, que él denomina Colonia (presumo que por colonización como territorio sometido por invasores –dicho territorio es el reino natural, agonizante bajo el asfalto-, además de por la acepción de “grupo de animales de una misma especie que conviven en un territorio limitado”), y la imagina bajo una hipnosis letal que la hace incluso ser incapaz de ver las máscaras que constriñen sus rostros, las mordazas, las camisas de fuerza: Hipnosis de los credos, de las leyes, de los medios de comunicación, con su entretenimiento vacío y ahuecante, hipnosis de la integración en la masa, para ser engranaje útil a la gran maquinaria del mundo moderno y su “confort”, “calidad de vida”, todos ciegos bajo el gran hipnotizador de los anuncios televisivos dictando qué hacer para ser feliz aquí, en la colonia, y qué no.
Ángeles todos vestidos a la fuerza de demonios, por el Lucifer actual: el Capitalismo y sus legiones de demonios constituyentes de la Globalización.
Una de dos: o trabajas en las calderas de este averno capitalista o te quedas fuera. Y este fuera significa literalmente muerto: no comida, no casa, no amigos, no amor.
Pero el autor, para denunciar ante sus vecinos, hermanos al fin (todos venimos de una misma madre antigua), este estado de cosas, no recurre a un discurso directo, claro, incluso la arenga en que muchos otros poetas que han estado en su misma perspectiva de mirada han caído, sino que, consciente de que el ser humano actual lleva demasiados siglos ciego, por la saturación de elementos que el marketing y el ordenamiento social ha derramado sobre el mundo, y dormido, por la anestesia que a la larga la hipnosis social genera, matando la capacidad de reflexión y de asombro ante lo bello y lesionando gravemente el pensamiento crítico y hasta el juicio… Para vencer – decía-el autor esa barrera entre sus interlocutores y él, emplea un lenguaje intuitivo, casi inconsciente, no surrealista (porque el discurso de Rivera tiene fondo, sentido y mensaje), sino que estamos ante un lenguaje primario, como debía estar el lenguaje en el pensamiento del hombre neandertal antes de convertirse en idioma normatizado.
Es decir, recurre a esas “corrientes subterráneas” que circulan por el fondo desértico del Sahara –las fuentes del autor: el acervo cultural y vivencial de todos, el profundo amor que nos trajo y que nos tiene aún en pie-, y riega la superficie –con intención verdeadora-con aliento de lluvia, de tormentas atronadoras.
Nombra nuestro mundo en sociedad, lo señala en su aspecto real, aunque sea horrible verlo, dramático, desesperanzador hasta el paroxismo: todo está en llamas, ardemos entre altos tridentes tan altos como la solitud de los rascacielos, y después de tantos siglos de arder en los cadalsos como brujas inocentes, humanidad y máquinas, Libertad y carceleros, paredes y epidermis, se han fundido en un mismo organismo, lúgubre y sangriento, ciego y destructor, represivo y depresivo.
Encontramos muchas descripciones de este ente en el poemario, de la maquinaria al rojo vivo de este infierno, de sus engranajes ígneos y sangrientos: bengala amputada, gritos acerados del bebé, rincones asfixiados, maleza de sus mandíbulas, la grava del revólver, drenaje de musgo, el nervio irritado de la tierra, la fractura del tabique, el ventrículo de sus camas, los labios interiores, la cremallera que circunda la geografía del final…
Fusionada ciudad y hombres, todos sus objetos y oasis naturales, sus metales y sus sangres, su piedra y
su ideal, espuelas y flores en un lugar terrorífico donde no hay puertas de escapatoria sino sólo para entrar a una nueva habitación de la misma casa… en llamas… enferma.
El poemario Sahara forma parte de una trilogía poética –al menos inicialmente así está planteado por el autor-que comenzó con el poemario Alambradas, que nos muestra a todos como árboles fajados por alambres que conforme crecemos van cerrando más y más sus pinchos sobre nosotros. Este poemario contiene poemas memorables como “La rosa”, “Dominó” o “Un potro a Singapur”.A Alambradas le sigue Sahara –que, como hemos dicho, radiografía –o filma-el interior del organismo del infierno del que todos formamos materia ígnea, doliente, en la Ciudad, y concluirá esta aventura poética en el libro Ágata, obra en que según adelantó el autor en varias entrevistas, la voz poética ya no describirá superficie ni fondo sino que se liberará de amarras, incluso de denuncia, y hablará, sin la mediación de la conciencia del artista, Voz frente al creador –al poeta-. En Ágata David Fernández Rivera asistirá a la escritura de un libro como espectador, lo escribirá otro. Ya lo dijo Rimbaud: yo soy el otro.
Personalmente, considero Sahara como uno de los poemarios más bello y auténtico que he leído nunca. Y a David Fernández Rivera como uno de los poetas más dotados de la actualidad. Desde Dylan
Thomas, el mejor Joyce, Blake, el mismo Rimbaud por ejemplo en El barco Ebrio, hasta el más alado Rilke, parecía imposible encontrar a un nuevo poeta que viniese con tanta emoción en el pecho y tanta originalidad en su caudal poético; que llegase –como se presumía Thomas a sí mismo-amparado por la Gracia.
Sahara señala las espigadas llamas de nuestra muerte en las ciudades. Pero lo hace para que podamos levantar la cabeza de nuevo al cielo.
Y a lo lejos resuena una voz: “Ven”.
¿Quién nos llama?
La voz suena a viento meciendo las ramas, a aire levantando las olas del mar.

Ángel Padilla

Atlantico díario – Sección Vida

Audiolibro de Federico García Lorca, puede encontrarse en:

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Feria del libro de Vigo



Dosier de prensa

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