Palabras de Oscar Martín el día de la presentación de El sueño de Lázaro

IMG_1837Palabras de Oscar Martín el día de la presentación de El sueño de Lázaro

La poesía de Carlos incide y completa, se desnuda de versos hasta volverse esencial, concreta, exacta. Los poemas se convierten en cantos rodados que va limando el agua, en piedras redondas talladas por manos invisibles. Hacen de la brevedad el ejercicio de la perfección, del despojarse la búsqueda de lo esencial.

Todos los versos recorren el mismo camino, una canción que rueda dentro de la página en blanco. Y en el centro de la página el surtidor que sueña, el poema que nace, la magia incesante que extiende sus ondas. Allí prende la idea, el concepto, la imagen. La chispa que Carlos enciende para extender las llamas del incendio. Luego la hoja es la piel que recibe el tatuaje de versos, el giro de tinta donde todo termina y comienza. Cada punto del círculo se extiende hacia los demás para volver de nuevo a si mismo.

En todos los poemas de Carlos se percibe ese vertiginoso girar, ese latir que tiene en la quietud la máxima expresión del movimiento. Poemas que no avanzan, ruedan. No retroceden, retornan. No se extienden, se afirman. Poemas que permanecen porque su objetivo no es la marcha sino el baile. No el camino recorrido, sino la perfección de cada paso.

Los símbolos, una de las figuras más utilizadas en El Sueño de Lázaro, son precisos, concretos, establecen una red de significados que se adentra en la mente del lector de una forma terriblemente eficaz. Porque cada elemento del poema lleva años pasando por una depuración contante, por una poda frenética que deja los poemas afilados hasta su misma esencia. Por eso, en todo el libro, se hace evidente ese inacabable proceso de trabajo, del poeta que araña sus palabras hasta incendiarlas de ingravidez.

Las tres secciones que forman El Sueño de Lázaro, establecen un equilibrio formal y estilístico. La primera de ellas Estancias de la carne, esta plagada de sensaciones. Es la sección del libro que sin ofrecer una poesía sensorial, si se llena de los sentidos para buscar el misterio. Adentrarse en los poemas de esa sección es escuchar el silencio, oler el agua, sentir el tacto del aire, momentos sobre momentos que reclaman atención de los sentidos para un mundo que se desvanece. Debería aclarar, que desde el primer poema, desde los dos primeros versos, esta actitud se confiesa y se muestra: Dice: Abandoné la línea ambivalente / para tomar la ensimismada. Concentración en el instante que a veces se vuelve condensada abstracción poética. Estás aquí, poderosamente aquí, tanto que parece que estuvieras en otro sitio. Esa es la sensación que se desprende. Por supuesto también el ansia, el deseo inmediato. No pensado, no alimentado por la mente. Simplemente aquí, ahora. Con los ojos abiertos.

La segunda sección, Fragmentos, está formada por poemas en su mayor parte breves, o que forman pequeñas secciones. El tono se vuelve más exacto, más reflexivo. Poemas que son notas acerca de lo que se extingue. Breves acotaciones a una realidad constantemente amenzada por la sombra, por el agujero negro de la desaparición. En esta parte tenemos una clara conciencia de lo que tiende hacia la ceniza, y de las huellas que esa ceniza va dejando, en breve recorrido sobre la página blanca. Simultáneamente nos encontramos también breves apuntes, fotografías tomadas en pocos versos, que tanto nos recuerdan a los grandes maestros de la poesía oriental. Símbolos dejados caer sobre la hoja para precisar de la única forma posible una inquietud o una revelación que se nos escapan.

La tercera sección, El sueño de Lázaro, puede resultar a la vez la más accesible y la más compleja. Por un lado nos encontramos con imágenes cercanas, reconocibles, por otro lado se trata casi del libro de un viaje. Un viaje de ida y vuelta que comienza a media res. Con el verso sin noticias de la otra orilla, afirma la permanencia. Aquí empieza lo difícil. Está aquí, pero dónde ha estado, el viaje es de regreso o está en transcurso. El evidente guiño moderno a la poesía mística está, lo escucharán en sus palabras, tamizado por una estética actual, moderna. Natural en su forma expresiva. Y sin embargo, como ya comentaba antes, terriblemente precisa. La redención, la resurrección, el nuevo comienzo, son símbolos e ideas que fluyen a lo largo de toda la sección, y hacen de ella un pórtico nuevo en lugar de una puerta cerrada.

De Carlos Martín decirles también que es licenciado en geografía e historia, que desde 1988 trabaja como técnico superior de cultura en el Ayuntamiento de Alcobendas, y que es uno de los culpables de la importante vida cultural que tiene esta ciudad. Ha sabido unir su labor creativa y su trabajo como gestor cultural de la mejor manera que puede hacerse. Separándolos en cuanto a la forma, pero mezclándolos en el placer de hacerlo, disfrutando de la creación y de la gestión como dos maneras distintas y complementarias de impulsar la literatura y el arte.

Como poeta ha sido finalista del prestigioso premio San Juan de la Cruz, y ha publicado en diversas revistas literarias como Piedra de Molino o El cobaya.

Carlos es un maestro de la sugerencia, del no decir, de esa orfebrería inquietante que trabaja con el silencio. Por eso precisamente sus líneas se llenan de huecos que nos reverberan dentro. Que tiemblan para decirnos lo que sabemos, o lo que tememos saber.

Una poesía nacida del asombro, del desconcierto. De la mirada limpia que intenta penetrar el pliegue del misterio. Damas y caballeros. Carlos Martín.

Oscar Martín

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