Angelina Jiménez

Angelina Jiménez (Jumilla, Murcia, 1933). Aprendió sus primeras letras con tan solo 26 meses. Maestra de vocación y de profesión, aunque ya jubilada, se declara una ávida lectora cuya vida se resume en el binomio: “enseñar-aprender”. Ha vivido en Jumilla, Petrer y actualmente reside en Alicante donde continua con su labor de escritora colaborando asiduamente en todo aquello para lo que es requerida como por ej. en el libro de Semana Santa (Jumilla), Revista Picacho (Jumilla), libro de Fiestas de Moros y Cristianos (Petrer), etc.

En 1999 obtiene el 2º Premio de Poesía de A.C.O.T.E (Elche). Cultiva tanto el género poético como el narrativo, especialmente el cuento.

Poemas

Infancia, añoranza lejana

 

Yo podría escribir un libro
contándoos mis andanzas.
¡Cuántas páginas tendría!
¡Dios mío! ¡Cuántas!
Para nosotros, las lluvias eran
el preludio de un gran juego.
Mágicas, nuestras manos modelaban
puentes, flores, casas,
jardines, volcanes y cacharros.
Y no teníamos nada,
barro sólo,
solamente barro.
Nos entraba prisa a todos
a que acabase la cena;
y raudos como palomas
ya en la calle y sin descanso,
nuestra ardua tarea era
encontrar un pañuelito
que un amigo escondía,
y dirigía muy bien el juego.
Y no teníamos nada,
un pañuelo sólo,
solamente un pañuelo.
Éramos centellas vivas
al salir de los colegios,
y antes de llegar a casa,
en un rellano del parque,
todos éramos uno
con la “endiablada” pelota.
¡Qué carreras! ¡Qué sigilos!
¡Qué pericia! ¡Qué ingenio!
¡Qué paciencia! ¡Qué alegría!
Y no teníamos nada,
una pelota sólo,
solamente una pelota.
Y después de merendar,
en el jardín,
el más grande de nuestro pueblo,
jugábamos al corro,
cantando lindos romances,
imitando los oficios,
emulando al ratón y al gato…
¡Qué historias tan asombrosas!
De ternuras, de amores,
de tragedias y desgracias.
Historias con mucho hechizo,
de guerreros valientes
y princesas encantadas.
Eran cantos de sirenas
que abrían interrogantes,
despertando nuestras vidas,
despertando nuestras almas.
Y no teníamos nada,
nuestras manos sólo,
solamente nuestras manos.
Es verdad…
Yo podría escribir un libro,
un libro de muchas páginas,
un libro pleno de juegos;
de juegos de nuestra infancia.

 

 

A Jumilla

 

Jumilla, compendio histórico,

monumental y señero,
señora de egregios hijos,
artesanos, letrados, campesinos.
Jumilla.
Cuántos hombres de pro
han nacido en tu seno
y han propagado tu nombre
con su estar cabal y honesto.
Hijos venidos a tu regazo
has acunado con mimo,
llegando a quererte tanto
que aquí plantaron su nido.
Escenario del quehacer
de hombres sencillos, santos,
labradores, ganaderos,
tan austeros y sencillos
que pudieran compararse
con valientes espartanos.
Jumilla.
Dolida muchas veces
de granizos, lluvias, pedriscos…
rehecha con fuerza y pujanza
con el trabajo heroico y constante
de hombres valientes,
enteros, gigantes…
Jumilla.
Fermento que eleva
el arte, cultura y fantasía,
al darnos hijos poetas, ingenieros,
abogados, arquitectos, médicos,
labradores, ganaderos de abolengo,
que proyectan tu linaje
a confines de la tierra.
Jumilla.
Mágica palabra,
que con apena oírla
inspiras confianza
y disipas pesares y fatigas.
¡Qué hermosa eres, Jumilla!
Jumilla, que gallarda,
valiente, leal peregrina,
agreste, dulce, sencilla.
Jumilla.
Quienes tus calles pasean
y tu sano aire respira
tienen que gritarte fuerte.
¡He descubierto en ti
nueva fuente de alegría,
mirarte es una gloria,
sentirte una maravilla.

 

A Petrer

 

Pueblo recio, escarpado,
entronque de otras culturas
que con tu hidalga postura
sabes bien amalgamar.
Eres faro que das luz,
vida, cultura y afán,
a cuantos hemos venido
de otras queridas tierras
a morar en tu regazo,
a beber tu noble savia,
a vivir, a soñar…
Noble tierra,
arabesca,
artesana,
luchadora,
festera,
amable,
cortesana.
Eres dulce, eres agreste,

eres fuerte y sosegada.
Petrer…
piedra preciosa
en amor siempre trocada.

 

Marrón

Árbol viejo, rugoso y polvoriento
agárrate a las rocas que te miran,
trigos y amapolas por ti suspiran
aunque te eriges como pena y tormento.
Con mimo te adornan otoño y viento
y el polvo de tu alrededor retiran,
las lloviznas que limpian y que aspiran
tu ruda piel sin vida, sin aliento.
Disfruta del color de los romeros,
de la tierra ocre, húmeda y mojada,
no padezcas, no, por tu ser ajado.
Verás pronto verdear tus maderos
¡árbol ríe! tu rama está cuajada
¡vive, sí! como el olmo de Machado.

 

Nuestros ojos

 

Pasaste a mi lado sin verme.
Volviste a pasar, tus ojos cerraste
y yo abrí los míos, y seguí, seguí tus pasos
y te vi muy triste, muy triste, amor mío.
La calle era estrecha, de esas sin salida
y…
Pasaste a mi lado, y sí, sí me viste,
tus ojos en los míos se posaron,
con ellos me cercaste y quedo, muy quedo,
me hablaron de olvidos,
me hablaron de llanto.
Hablaron los míos y tú entendiste:
¡Mírame hasta el fondo, amor mío!
¡Mírame hasta el fondo de mis ojos!
¿Ves que transparentes, que limpios,
que sinceros y que humanos?
¿Cómo llegaste a pensar, amor mío
que estos ojos los besaron otros labios?
¿Cómo?
¿Cómo llegaste a pensar, amor mío
que tus ojos tan profundos,
tan brillantes, tan cercanos
los había olvidado?
La calle era estrecha, de esas sin salida
y…
Cogiste mi talle, y con mi rostro muy cerca
leíste en mis pupilas,
poemas con vida,
dulces madrigales.
Nos miramos con gozo
sin pena y sin llanto.
Nos miramos atrapando
perfumes de rosas, perfumes de nardos.
Nos dijimos dichosos requiebros;
promesas de entregas gozosas,
sólo con los ojos, amor mío,
con los ojos sólo.
Y con ellos cerrados,
las almas henchidas
de gozos y cantos,
sellamos la paz.
Sólo con los ojos, amor mío,
con los ojos solo.
La calle era estrecha, de esas sin salida
y…